Lo más probable es que nadie te haya enseñado a estar con tus emociones. Como a la mayoría de nosotras.
Aprendimos a ignorarlas, a esconderlas, a minimizarlas.
O a vivir dominadas por ellas.
Crecimos con frases como:
“No llores”, “tienes que ser fuerte”, “ya se te pasará”…
Y así, poco a poco, fuimos desconectándonos de una parte fundamental de lo que nos habita.
Pero las emociones no desaparecen.
Cuando no las atendemos, se quedan. Dejan de ser emociones y pasan a convertirse en estados emocionales.
En el cuerpo, en la mente, en nuestras decisiones diarias. A veces, incluso, como parte de nuestra identidad.
Lo escucho cada día en consulta: “yo es que soy muy ansiosa y por eso…”
Confundimos un estado emocional con quienes somos realmente.
¿Eres realmente ansiosa, o simplemente estás acostumbrada a navegar la vida con esa programación?
¿Qué pasaría si empezaras a acompañarte con más amor cuando algo te duele?
Recuerdo una metáfora simple que me enseñó mi maestra de coaching ecointegrativo y bienestar emocional, Valeria Aragón, a quien admiro y aprecio profundamente.
Se llama la técnica del dedo meñique, y puede cambiar por completo la forma en que te relacionas con lo que sientes.
¿Te ha pasado esto?
Vas caminando, distraída, y de pronto te golpeas el dedo meñique del pie contra la esquina de un mueble.
Duele. Mucho.
Y sin pensarlo, lo primero que haces es detenerte, observar el dedo, sobarlo, quedarte ahí unos segundos, respirando con el dolor hasta que se alivia.
No lo ignoras. No te cuestionas por haberlo sentido. No lo tapas con otra cosa.
Lo atiendes.
Con las emociones podemos hacer exactamente lo mismo.
La técnica del dedo meñique:
Una práctica básica y amorosa de autorregulación emocional
Imagina que has tenido un día difícil:
una conversación incómoda, una discusión, un mensaje que no llega, un rechazo, una mala noticia…
Y de pronto, sientes que se activa algo en el cuerpo.
Te duele el estómago, notas palpitaciones, tensión en los hombros o un nudo en la garganta.
En ese momento, puedes elegir estar contigo.
Paso 1. Reconoce el golpe emocional.
Algo ha pasado. Noto algo “desagradable/diferente” en mi cuerpo.
Puede ser tristeza, rabia, frustración…
No hace falta etiquetarlo. No necesitas entenderlo todo.
Solo reconocerlo: algo se está moviendo a través de mí.
Paso 2. Lleva la atención al cuerpo.
¿Qué parte de ti está sintiendo esa emoción o sensación?
¿Dónde lo notas? ¿En el pecho, en la garganta, en el estómago?
Lleva una mano a esa zona, si lo deseas, como gesto de presencia y sostén.
Paso 3. Respira ahí.
Imagina que se forma un puente de aire entre tu respiración y esa zona de tu cuerpo.
Con cada inhalación, llevas una caricia.
Respira, siente, quédate ahí el tiempo que necesites.
No estás intentando que la emoción desaparezca. Solo estás diciéndote, de forma sutil y poderosa: “Estoy aquí. Estoy conmigo.”
Nota: no hace falta pensar. Solo sentir.
Aprender a estar contigo en lo incómodo
En teoría, estos pasos parecen sencillos.
Sin embargo, en la práctica, pueden resultar desafiantes.
Sobre todo cuando la emoción es intensa, cuando se siente “demasiado grande, demasiado fuerte”.
Te aseguro que todas las personas, en condiciones de estabilidad mental, tienen la capacidad absoluta de sostenerse a sí mismas mientras atraviesan sus emociones.
(En casos psiquiátricos donde hay una desconexión con la realidad, el abordaje es diferente, y no es el foco de este artículo).
Y al mismo tiempo, es completamente normal que al principio no te sea fácil.
Simplemente se trata de algo nuevo.
Con la práctica, verás que eso también se entrena. Como cuando aprendiste a andar en bicicleta.
No necesitas hacerlo perfecto. Solo necesitas empezar.
Una emoción atendida no se queda atrapada.
Se mueve, se expresa, se transforma.
Y tú, ¿te quedas contigo cuando duele?
¿O te distraes, huyes, te juzgas por sentir?
¿Puedes imaginar cómo cambiaría tu relación contigo misma si empezaras a atenderte de forma consciente y voluntaria?